Relatos

No demasiado dulce


Acostumbraba a copar su tarrina de azúcar con unos cuantos polvos aglutinantes para evitar el apelmazamiento del conjunto. Decía que el azúcar, como la canela, debía distribuirse de la adecuada forma para luego asegurar una igual disolución. Por su parte la canela aseguraba digamos, otro tipo de sabor, que para nada era el mismo. Así pues, para cuando esta se levantó, agarro con tal fervor la tarrina de azúcar, que los ojos se le desorbitaron de una forma arto extraña en ella. Chorretones de sudor brotaban de su frente entonces. Se agitó y empezó a buscar enseguida la razón que justificara una ausencia tal; aquellos polvos situados en la primerísima capa del azúcar, pues eran de distinta consistencia que este, estaban desaparecidos. Destapó el recipiente casi instintivamente y derramo su contenido en una de las mesas camillas del pasillo que conducía a la cocina. Para su sorpresa comprobó que el azúcar se dispersaba, tal y como lo hacia con su compuesto habitual.

Se sorprendió sobremanera, sencillamente no concebía que este pudiera actuar de igual forma en distinto estado… Es un hecho que toda acción comporta una reacción igual y opuesta, -decía-. Revolvía en el contenido azucarado con ambos dedos anulares como buscando algo, pero sin encontrarlo. Desistió finalmente; definitivamente el compuesto iba a actuar, por lo menos por esta vez, de igual forma a la habitual y además se juró a si misma no volver a permitir este tonto juego que ni entendía; parecía estar propugnado un dogmático e ignominioso sortilegio sobre su ya consagrado ritual, o al menos así lo sentía ella. Fue seguidamente a la cocina, de techo arquitrabado y con una evidente mala salida de humos. Se dispuso para retirar la olla que calentaba la leche hasta su grado exacto.

Repentinamente sintió un agudo pinchazo en la cavidad torácica, que interpreto por la adecuada reprimenda que le tocaba aguantar igual a su falta de juicio. Se quedo medio agazapada en medio del importante trámite de la leche hirviendo que no llego a retirar del fuego. Estaba subyugada por el dolor, pero no importaba debía terminar su rito de una u otra forma. Ya la leche comenzaba a burbujear y esta escuchaba pasivamente las pompas revolverse sin mucho más que poder hacer, tirada en el suelo. Asistió con rabia también la repentina situación, se estiro cuanto pudo desde el suelo para alcanzar la olla y desplazarla del fuego, de lo contrario la leche alcanzaría una temperatura por encima de lo que ella consideraba optima, y con ella, le sobrevendrían los problemas. El sonido de las burbujas parecía ir en crecento y nada podía hacer, apenas alcanzaba con el brazo estirado la encimera de mármol blanco que emergía muy por encima de sus expectativas, y de haberse levantado no se que hubiera sido de ella.

La leche tibia, a expensas de toda consideración ajena, resultaba la mejor mezcolanza que se podría buscar para un sabor supremo. Con tal temperatura exacta, y con el adecuado (y sin apelmazar) azúcar, junto con un café de mezcla de importación brasileña, se alcanzaba el sumun de la creación, y la espléndida y rica amalgama de sabores en su grado máximo manifiesto. No pudo mas que contraer la barriga de la mas triste forma, pero con esto se impulsó del suelo y, alzando los brazos, desplazo la cafetera a penas unos centímetros. Respiró aliviada, la leche estaba a salvo.

Armolec Mernatiz Friela

 

Con aires de Madame


Aquel día, un abominable mounstro tomaba forma en las entrañas del mundo…
Por aquel entonces Donato Ghiberti daba buenas muestras de caballerosidad y de templanza a una señorita no menos pertinente que este pero de muy buen ver. Causa, por otra parte, que lejos de secundar el amor con que este la veía era motivo explícito del reproche hacia esta. Muchacha de honrada desfachatez, procuraba hacer el eco de su nombre, mas grande si cabe que el de sus antecesores, pues provenía del ilustre linaje Limionni. Una casa de afamada reputación que poco o nada tendría que ver con el respeto hacia los que un día fueron, sus iguales. Digamos para entendernos que si bien estos, algún día conocieron una fortuna sin igual, (por una o dos rentas de un puertucho que poseían en injusta herencia), ahora por todos era sabido que tal sobrenombre familiar solo servía en la comarca para hacer burla local, siendo este como os podréis imaginar, casi un insulto para cualquier ciudadano que se precie.
Sin embargo, pues he de aclararlo, a Ghiberti poco le perturbaba tal hecho. Un exsoldado como el, al que no importaban ya los perjuicios ajenos, y del que nada cabía esperar. Pocas palabras me bastan para describirle, pues, a la luz de los posteriores acontecimientos, lo único que encontraba en tal mujer era la promesa de una inmensa fortuna esperándole. Allí hallaría, de una vez y por todas, su golpe de suerte para vivir como una sanguinolenta garrapata, pero sus facultades como parasito no tenían fin en una vida resuelta, sino que trascendían la barrera misma de la absurdez. Baste con decir que sus convicciones, tanto éticas, (si es que las tuviese), como ideológicas, eran deplorables. De ser posible, decía, la trampa y el engaño son la única faz verdadera del ser humano, hay demasiada histeria entorno a eso que llamamos trampa… Si uno puede aprovecharse de una situación, su deber es como ciudadano, beneficiarse, ¿Por qué ha de ganar una carrera siempre el más veloz? -argumentaba- ¿Debemos permitirle ganar solo porque Dios decidió dotarlo de fuerzas para tal empresa? Yo opino que la posibilidad de la trampa es un don creado por el hombre, sería casi un ultraje no valerse de este para sobreponernos a lo que se nos depara.
Como supongo que cabe imaginar, tales ideas no desentonaban en la familia Limionni. Lo que todavía más acentuaba el interés de la mujer por Donato. Ambos acostumbraban a reunirse en el paseo de la Constanzza; lugar de entrañable afecto; casi emblemático para todos en la ciudadela.
Aquella noche, de no ser por el exacerbado egoísmo de Donato, hubiera sido una gran noche.
Para cuando hubo llegado Donato, su prometida ya estaba esperando en el aclimatado rincón de la estancia; ciertamente un hostal de mala muerte. Esa noche no se reunieron como venía siendo costumbre en el ya clásico banquete al lado del rio. Sino que, a petición explicita de Donato, lo hicieron en la hostería. El exsoldado se presentó con tal cogorza, que apenas distinguía a la mujer de un macetero de la esquina que tendría la misma altura
y, muy probablemente, el mismo diámetro… Comenzaron a hablar entonces… Los detalles de la conversación nunca los supe a ciencia cierta, tampoco es que me los contaran, pero habréis de intuir igual que yo, que su relevancia para el hilo de esta historia es de fiabilidad dudosa. Transcurridas ya la una de la madrugada, Donato salía por la puerta trasera de la hospedería. Aquella noche, según cuentan las malas lenguas, bien podría haber significado el principio del fin para la relación de ambos.
Dicen que el placer se encuentra en la justa medida entre la pasión y el frenesí. Sin duda, tener conciencia de esto hubiera dotado a Donato de cualidades seductoras para desarrollar el acto como su Dios mandaba. Desgraciadamente el también divinizado alcohol pululaba por allí, y de buen grado transfirió a Donato el don de la creación. Cabe mencionar que todo esto ocurrió también, porque al fin el desgraciado Ghiberti constató lo que al principio solo era un mal augurio; se enteró de que la familia Limionni hacía unas cuantas décadas que se hallaba sin blanca. Claro que esto, como cabe esperar, no fue de agrado para el desdichado. Opto entonces, y no le culpemos por ello, por una de sus mejores bazas. Habiendo descatalogado ya la posibilidad del connubio con la que podría haber sido su mujer; decidió sacarle la máxima rentabilidad al asunto.
Una sola vez más se vieron, y valiéndose Donato de su lamentable estado alcohólico como pretexto con su querida, dejo esta vez deslizar su mano por entre el cuerpo de la chiquilla como nunca antes lo había hecho; a lo que esta contesto casi ruborizada, haciendo valer así toda su educación como señorita de alta cuna, con un ligero pero premeditado movimiento de caderas. Al punto, Donato comprendió su papel en el ritual. Desgarro de un tirón las prendas de la muchacha, algo a lo que por lo visto ella consintió en un primer instante, pero poco después y casi instintivamente decidió gritar ante el peligro que suponía para ella tamaña ofensa. De nada sirvió el lamento, ni ese ni los muchos siguientes sirvieron para parar al animal. Las horas siguientes consistieron en tristes sollozos colmados de desalumbrados ¿por qué? y ¿cómo? Admitamos primero que para la zagala tal hecho marco el final, y en consecuencia, también el inicio de una era. Al fin y al cabo, ella había intentado resistirse y eso era lo que por encima de todo prevalecía.
Nueve meses después mi madre me daba a luz, por mi parte, libre al mundo de tantos otros sollozos suicidándome ayer por la tarde.

Armolec Mernatiz Friela

 

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