Idearium

Puedo controlar mis pasiones y emociones si puedo entender su naturaleza.

Habitualmente la pregunta resulta mas sugestiva que la respuesta, así es que la filosofía con sus respuestas pero, ante todo, con sus preguntas, trata de desentrañar el sentido y el verdadero significado de las cosas. 

E

Metafísica

Constituyendo esta los primeros principios, incluso desde los presocráticos, no en vano la metafísica es una de las principales ramas filosóficas abarcando la conciencia del ser así como las propiedades de todo lo que existe.

E

Lógica

Partiendo de el <<principio de no contradiccion>>  de Parménides; una cosa no puede ser verdadera y falsa al mismo tiempo, nos encontramos con la lógica. La que básicamente constituye unos razonamientos linguísticamente  expresados.

E

Epistemología

La relevancia sobre la teoría del conocimiento y sus formas está más que constatada… ¿Qué significa saber?, ¿qué es lo que realmente sé?, ¿cúal es la validez del conocimiento?, ¿dónde empieza y dónde acaba el conocimiento?… 

E

Ética

Aquella que estudia no solo la validez de nuestros propios códigos morales sino hasta que punto nos determina nuestra conciencia en el amplio surtido del bien y del mal. De hecho, ¿acaso existe el bien o el mal?, ¿podemos substraernos de tales connotaciones meramente cicunstanciales?.

E

Estética

Las distintas connotaciones que hacen posible el diálogo entre el diseño y las obras públicas tienen tres referentes categóricos muy evidentes: lo bello, lo estético y lo artístico. Sus significados son mutables según sea la cultura, la tradición y el contexto histórico en que se utilicen sus términos.

Salmo, Cap. 5


Bien, se que dije que el anterior era el último de los salmos, pero como seducido por la llamada del destino, me veo más en posición de acabar dichos fragmentos con esta colección de, al parecer, alegorías. Si no fuera por este último escrito ¿Qué virtud podríamos atribuirle a este pandemónium? Ahí les va:

Una magnitud especifica dada, el espacio. El somnoliento placer de los haraganes como yo, el suculento y trágico momento, de la creación. Si queremos amar al prójimo es mejor alejarse. Es algo así, como soñar una ruina ya presente en el tiempo primogénito de esperanza preñado. Ir desembarazado de la vida resulta pletórico cuanto menos. Ir embarazado no obstante es el ritmo y la alegría de saber lo que te pesa cuando mueres. Nuestra retentiva no alberga mas que suicidios secularizados en el momento presente, pero ni contiene ya halos de cuanto la vida ha sido, mas si de lo que no pudo ser y debería.  Hasta la desesperación pierde ya la brisa del hastió que se desecha como una mas de las evidencias de lo vivido. Cuando la acción se agita, pero no conteniéndose, ¡si desenfrenándose!, alcanzamos la renuncia que es el único acto no contenedor de asesinatos en potencia. No todo el mundo debe ser tan escéptico como Lutero pregonaba de su Espíritu Santo, el suyo. Por desgracia existen entes, entidades, que no se lo pueden permitir. El expolio del tiempo es la muerte como bien merecido tiene el patrimonio de la humanidad.

Armolec Mernatíz Friela

 

Descartes vs. Descartes


No es posible, a priori, saber cuántos momentos “iniciáticos” hay, ni cuáles son, suponiendo que, si bien existen momentos de paso que son casi universales, también es cierto que no todos seguimos los mismos caminos. Quizás el momento más relevante para la experiencia (occidental), es el momento que se identifica con el momento de la duda cartesiana. La tradición filosófica moderna transformó la duda de Descartes.”No sé qué cosas son reales, si mis sentimientos están siendo engañados, ¿cómo puedo saber si quiera que existo?”, en una duda metodológica. En este punto tiendo a diferir con los pocos autores he leído. Creo, por el contrario, que se trata de una duda visceral. (No es mi intención ponerme a analizar el Discurso del Método o las meditaciones metafísicas en detalle), prefiero mantener este texto lo más limpio posible para mi comodidad. Descartes resuelve su duda, por un lado, concluyendo que si está dudando, entonces su propia existencia (al menos en cuanto a mente) es real, “cogito ergo sum”, y más adelante, apelando a la bondad de Dios y su poder frente al hipotético genio maligno que lo estaría engañando. El problema es que ninguna de las dos son del todo satisfactorias, en primer lugar porque su procedimiento para probar la existencia de Dios es, como poco, dudoso desde el punto de vista lógico. En segundo lugar, porque suponer que soy engañado sobre todo, excepto sobre una cosa, y que esa cosa sea su propia existencia supone un recorte arbitrario, y aunque es un poco más confiable que su prueba de Dios, no concluye realmente nada, puesto que de nada me sirve si ese es todo el conocimiento que puedo tener. La duda de la realidad supone un conflicto que no es exclusivo de la razón, es un conflicto ante todo de la experiencia de la realidad.. Resolverlo por medios exclusivamente racionales no es del todo una solución, en totalidad de una mente sensible. Cualquiera que haya atravesado esta experiencia habrá notado que no es difícil infundir dudas sobre la experiencia. lo que principalmente nos detiene de cuestionar la evidencia inmediata de los sentidos, es el miedo. Sin sustancia o sin tiempo carecemos de un anclaje para enfrentar la vivencia cotidiana. Además, es importante notar que nuestra experiencia es medida por nuestra memoria. Si se duda de la memoria, se duda de la propia realidad. Como señalé anteriormente, la respuesta “laica” al problema de la duda sobre la realidad consiste, casi siempre, en un salto inductivo. Este salto consiste en asumir la realidad como dada, como un dato, como si saliera de nuestra propia experiencia que sus percepciones son verdaderas. Es en este punto en el que hablare de Hume que da un paso importante en torno a las causalidades. Para él, la causalidad no forma parte del terreno de la experiencia, no existe más allá de la inducción. Lo que si existe, para la experiencia, es la conjunción constante. Ahora bien la inducción debería realizarse sobre esta conjunción constante antes que sobre una supuesta causación en el más amplio sentido de la palabra.
Armolec Mernatiz Friela

Salmo, Cap. 4


A lo que ahora aquí me referiré es al “proceso de la existencia de la creación artística”, lo que a mí me gusta definir como ontologías de presencia infinita.  Será este el último capítulo de nuestro bien conocido “Salmo”.

Impero, ¿Se puede objetar en contra de la destrucción? Que por palabras traen a mí recuerdos de una mente y de una vida. Viva lo leonino solo por cuenta del necesitado, solo por precisión de lo sublime que roza toda belleza. Arte que no imita mas si recrea, el arte clásico, el arte modístico que por voluntaria obra se muere. Al amanecer de un nuevo día, pero también al ocaso de este, la unicidad se torna en herramienta para el uso de la materia prima. Prescindiendo de peripecias, por más inútiles que se sientan, las locuras. La sobre-realidad en un prisma condenso y contingente, el habitáculo hecho imaginación. Y de pronto… Configurar una belleza aún si cabe más inmortal, muy próxima a lo nuevo, para hacernos trascender las contingencias.  Un ¡plás! Y aparece un nuevo inconmensurable. Un ¡bum! Y la necesidad hace presencia por y para aquello a que se presta. Y yo, aquí sentado, y aquí mismo encontrado, brindo por: lo clásico por el contrario a lo romántico dado, a lo ingenuo siempre y cuando por siempre del sentimiento separado, a lo apolíneo si no ha con  lo dionisíaco, al raciocinio si es que no se mezcla con pasta irracional, al orden nunca al caos dado, a la proporción si no es desproporcionada, al optimismo si es que el pesimismo fuera se viera, a lo varonil despegado de lo femenino, a lo luminoso no tergiversado para lo oscuro, a lo comedido por y para ser separado de lo desmesurado, a la limitación no sino fuera de lo ilimitado, a la suficiencia por mitad partida de lo insuficiente, a lo simétrico en contra puesto con la asimetría, al mas profundo Occidente por cuenta propia siempre del Oriente, y a la superficie bien separada por un trecho grande y gordo de la hondura.

Armolec Mernatiz Friela


Salmo, Cap. 3


Jóvenes como montañas, crecen como las brisas, vida a las que ellas claman, son las heridas nada más. Tiempo quebrador que todo meya, cree que mis lagrimas no tropiezan, todo es mezcla en este aliento, lo que huye, y lo que queda. Cuando el viento sopla fuerte, nada le puede escapar, somos aire, somos vida, nada que sacralizar.

No me juzgues en el nombre de quien no puede recibirme. Soy el pánico en aluvión orquestado por capricho. Y beligerante me creen. Más como soy juzgable, en el humedal de la tierra, lanzáis rocas que se mezclan. Procuro levantarme cuanto antes pueda. Y, si, por territorio hostil me dieran, que por la negligencia no sea, cuando pido, cuanto clamo, es un corazón fresco. Porque es eso, al final sois enemigos y esto os dedico:

Las palabras no alcanzan cuando lo que se quiere decir no se conoce. Y, que le voy a hacer si rehúso hasta mi época. Si quiero sentir y para hacerlo miento, porque no conozco del sentido que es la vida. Se dice que la experiencia en mucho iguala imaginación, pero no sé qué verdad queda en esta sentencia. Soy farsante por devoción a mi sentido. Soy pecador por gusto, y nada honrado queda en ello. Ansió la vida por mis venas. Si nacer no me he visto, como voy a conocer o saber yo. Echo en falta tantas cosas, que hasta la lagrima escabulle mi sonrisa. No sale, de entre mis miradas al espejo, una sola. No sé qué me recrimino cuando digo lo que digo y pienso que es mentira el recuerdo que me roza la mejilla, el recuerdo que me invento. Por sentir, que no siento, busco entre mi mente los resquicios.

¿Crees tú que mi falta con la lastima apela a los que si padecen de corazón? Falso, me digo. ¡Yo también lo tengo! Lo juro. Lo siento. Mi sufrimiento es el de la inexistencia. Mi vida ha estribado en lo absurdo de la crianza de los vástagos que serán mis hijos. Si es que criarse se puedan, de ser, no serán, ni hijastros de la humanidad. Que sentimiento tan de pacotilla me busca cuando huyo, me seduce para convencerme de mi perdición. Le digo que me deje tranquilo, que mi generación no es la de la lucha, es la del llanto. Aun así, cuando el prisma de lo turbio se enreda en mi pelo, me creo ser alguien que no soy. Pienso yo que vendrán tiempos más suaves aun, pero cuesta el pensarlo con vehemencia. Ni un solo amigo postra su libertad eterna para mí. No la postra, porque no hay quien la postre. No la postra porque de postrarla no la habría.

Cuando pienso en esto es cuando más reclamo mi fe que por derecho, como humano, me ha sido dada. Pero esta tampoco me encuentra, tampoco se postra. No sé de qué sentimiento me hablo si algo escribo porque escribo, será porque siento. De la misma forma que los enseres de este barrio de la vida ya no saben que son, yo ya no sé qué no soy. ¿Acaso hay poder que no posea en la vida misma, cuando cuanto más me acerco a mi verdad más me alejo del papal de vividor, que, por suerte, me ha tocado? Soy aquel al que le gustaría jurar que tiene ideas. No porque las tenga. No porque las sienta. No porque las quiera tener. Y no porque las quiera sentir. Porque las necesito. El otro día reflexionaba en la verdad que una mosca posee. Su verdad, tan inerte como su filosofía, eran tan inertes como las mías. Cuantas veces he soñado en expoliar los templos del saber de los animales. Cuan distinta seria mi visión. Un día me alzare en los tiempos cálidos, aquellos de férreos corazones y fuertes brazos. Imaginaos mi pesar, compañeros, al hablar a pecho descubierto, pero con el corazón helado, de cosas suculentas sin sentirlas. En definitiva, ¿merezco yo más que MI mosca?

Años atrás la mosca queda y ahora digo:

 

Soy carnifico, aunque nunca quedo claro. La inacción de mis fieles a quedado ya satisfecha, soy humano. La línea espacial conectada en tantos puntos se me estrecha. La vitalización de la materia también la hace carne, y por ello ahora soy amigo de la roca. Es mi hermana. Su trasfondo constituye la apariencia, y la apariencia es mía. Ella y yo no somos tan apofánticos como los humanos de verdad. Por tener, no tenemos ni legado gramatical, nos manifestamos a gritos, según creo. ¡Espera! ¡Por fin! Lo he comprendido. Yo soy su matriz, ella mi objeto de estudio, tú, nuestra herramienta, mientras el tiempo pase y todo vuela.

Mi confraternidad con la piedra, bien lo confieso, es poliamorosa, la vuestra solo busca misión comercial. ¡Vaya! Lástima que despierte de este juego en el que no era humano, me gustaba esa piedra, más bien la piedra, ¡la piedra, la maldita! Soy humano, ahora lo niego y lo sé. Y humano entrado en años y lo sé. Mi tejido cárnico ahora se esconde, pero me lo susurro anoche, mientras soñaba con la piedra. Quiero pulirme con su piel a fuerza, sangrar igual que lloro, si lloro porque puedo, y puedo porque el tiempo me lo deja. El tiempo, ¡ah, sí, el tiempo! El tiempo que me aplasta. Mi condición es una, servirle.

¿Dónde está mi THEOS que permita? ¿Dónde mi Dei que me folle? ¿Dónde mi Dios que se escapa? ¿Pero dónde? Repito ¿Dónde? Ah, ya, ya recuerdo, ayer se fue de la cama. Me los puso con mi piedra, la mía, la que quería. Ahora soy humano por eso recuerdo. Debo partir del sustrato habitual de la roca, que ya no piedra, para conocer la estructura mas profunda. Ahora entiendo, la roca, es realidad aislada. La piedra es la que ejecuta, el THEOS el que manda, el Dei el que recibe, el Dios el mandado, y yo… Bueno, yo soy humano entrado en años.

Y con esto, un beso que os dedico, cariños míos, desde allá arriba con todo el calor de mama. ¡Uff!, que calor. ¿No?

Armolec Mernatiz Friela

 

Salmo, Cap. 2


En un lugar donde los montes Olimpos se acabaron, mas allá de las nubes, entre el rayo número uno y el rayo número dos, donde resplandecen aun sendos motivos de su luz. Donde el apuesto encuentro de formaje de dos bandos se derrite. Donde, pretendiéndose su risa, se pierde el habito del monje negro. Donde la atemporalidad es firma y sello de lo estanco. Donde las vicisitudes son vindicadas al favor del garabato que se tumba por lo escrito. Donde el misticismo se pierde para dar lugar a la malversación de formas, escondidas tras las escarchas de nuestro segundo monte que es el cielo…. Allí se da tu huida y la mía sin ventanas.

Arranquen de la vida lo fructífero las entrañas de tu cuerpo sobre el mío y vuelen para el enjambre acaparador de espasmos apocalípticos, la búsqueda de lo bello en el monte Olimpo que en realidad es el de Venus. Busco a tientas el interruptor de la luz que esta aquende. Y la tinta se derrama sobre un lienzo yermo en estrías, pleno en miembros fálicos. Se pierden en el horizonte de tus senos blancos las razones. Uno pretende derramar la libido, pero colma los entes corpóreos hasta la anorexia. Buscando sábanas blancas exhalamos nuestro último suspiro, pero nos entrelazamos como un nudo que se aprieta. Tú te retuerces por tu cuenta, quieres transpirar, mi deber es ahogar esa intención en colores vibratorios. Ahora es cuando el juego da comienzo, por tu frente cae la primera gota de deseo y me dice que ya empiece. En mi mente, los actos se ven claros, se dilatan en el tiempo y ya es hora de que los pinte de color, rojo es el más encendido y como lo sabes te aferras, el más tibio es el más frio y como lo sientes te acercas. Busco dibujar en tu mirada mi esbozo del dibujo que ahora lees. Llegó la ocasión, nos levantamos, buscamos la ventana y volamos juntos. Otra vez a tus lomos que me elevo me gusta contemplar la hermosura del momento justo antes del golpe.

Aquí es de donde huyen las otarias necedades de lo expreso y es de donde yo vengo.

Armolec Mernatiz Friela

 

Salmo


El filo de esta navaja cae pesado sobre tu cuerpo destapado, sí quisieras, acaso, detenerla no he de saber si lo harías porque tu Dios a ello me ha condenado. No debo de exculpar tu mente por los pecados de tu cuerpo porque plenas, también solemnes, igual de llanas han sido que las dadas por tus poros.

Me alegro en cuantía de cuanto mi Dios me ha dado para juzgarte, y si has de inmolarte no te detendré. Soy yo un día, serás tu otro. No importa el símbolo de lo que diga porque cuanto la forma esconde es ya plena en significado. Caerás por mi y ojalá me vieras, si me toca, por ti hacerlo igual, porque lo haría y se que la muerte se harta de comparecencias, pero hay de la mia… ¡Ay! De la mía y de la tuya, si cuanto yo pensara de la muerte esta se diera cuenta, y de cuanto cuenta se diera se alinearán los astros para los tuyos pensamientos nada habría de compadecernos. Ese es el susodicho por todos y por nadie dicho, término de la muerte.

Y así porque en nuestra conjunción de fondo y forma dada la muerte no encontrara plano en lo dado, lógica en lo dicho… Perdería fragantemente y al haberlo hecho tu y yo seriamos desprendidos como ánima y ánima, viento y viento. Uno caliente y uno frio, equidistantes pero iguales a un solo Dios dados. Nuestro Dios será uno y partiremos a su juicio. Cuando de ese Dios esquivo, y hablo del segundo que era el tuyo, porque el mío era la muerte, esquilmemos los recursos, seremos libres; yo a tus lomos y podrás elevarte como la navaja que fuiste. Pero que yo, iluso, percibí como tu cuerpo y lloré por tu ajena sangre derramada cuando en realidad era tan solo uno de tus sueños proyectados. Ahora que despierto te he perdido, querida, para ser mi amante. Tu Arte que un día, apenas despegabas si yo no era pájaro. Se ve que eras tan efímera como la muerte que esquivabas.

Y ahora que empezando acabo recuerdo que un día acabe empezando lo acabado del cuento por ti empezado, en vez de empezar siendo tu mi herramienta, empiezo a acabar acabado. Y si me vendo, y un día, igual a antaño, acabo empezando será vendiéndome a ser lo que de mi se espera, tu herramienta; al fin y al cavo siempre un precio tienes y siempre te lo cobras. Tú, Arte, lo único que enseñas, es que un final es siempre un principio para que cuando, al final, ese final sea principio caigas en que ese principio es El único e irremediable principio.

Este es tu salmo hacia mi proyectado, me pregunto cual será el mío revelado.

Armolec Mernatiz Friela


 

 

La fragmentacion de los muchos universos pululantes

La fragmentacion de los muchos universos pululantes


El ser humano resulta impredecible y, sin duda, se mueve por instintos. No obstante, también se da lugar, en nuestras consideraciones puramente abstraídas del mundo, a la cordura, y lo expreso como si tal palabra, en este sentido, pudiera connotar algo mínimamente más sustancioso que lo subjetivo. Y ¿qué es lo que existe pues sino un mundo de consideraciones plagado? A la persona, quebrada en su defecto -por defecto-, y pretenciosa por mérito propio que tal artificio quiera creer y, que sin malicia alguna, pudiera caer en la trampa de lo sistematizado y reglado… A tal persona le dedico, en gran medida este reencuentro con su alma. Esta meditación surgida a partes iguales entre ese logos cognoscible entre medias verdades y su sumun por excelencia, el alumbramiento artístico.
Admitamos de entrada, que solo se puede ser adecuadamente sistemático con uno mismo, estabulando y seccionando -en último término, secularizando- los parámetros de la verdadera realidad, si es que esta fuera totalmente cognoscible. Pero vamos a observar la subjetividad de lo real como lo que es, como algo relativamente trágico para el sistemático. Sistematizar la realidad solo es el último de los intentos por comprenderla, se trata de un vacuo y estéril lienzo en el que hacemos partícipe a nuestra conciencia, solo entonces esta traza sobre el lienzo los parámetros que nuestra mente quiere entender… Y partimos ya raudos a enfrentarnos con nuestra imaginación, a demostrarle una última vez más que hemos ganado la partida. Y es que, necesariamente un entendimiento reglado precisa de la superposición de este por encima de lo que lo coacciona, la imaginación, que no le deja ser el sinónimo de la libertad.
La palabra que ha de quedar impertérrita en este ensayo es “conciencia”, porque solo esta, capaz de transitarnos e incluso transportarnos, más frecuentemente, por nuestra realidad, (muchas veces mundana), alcanza las altas y casi incognoscibles esferas elitistas de nuestro cavilar. El movimiento, elementalmente mecánico, de nuestro pensamiento más interno, pero también más instintivo y rudimentario, activa las alarmas y nos transita hacia una conciencia más clara -porque por supuesto, hay más conciencias- en donde la frontera, límite con una realidad tangible, sea más traslúcida. Este movimiento mecánico supone un cortafuegos que alerta de los límites para el que no está preparado, (y nunca lo estará), no transgreda los límites de su entendimiento y para abstraerse. No hablo de una racionalidad a veces trágicamente funesta, puesto que esta nos impele a razonar, dentro de la realidad parcialmente cognoscible; sino de una conciencia, subalterna a ratos, que surca y destruye las barreras, flota por encima de lo tangible pero que también emerge de lo trágico…
Todavía no ha conocido el hombre una abstracción más fidedigna, y con ello, más sangrante, que la que surge de una idea ya meditabunda de por sí, es decir de un desencanto con el mundo tangible; y es que, sin lugar a dudas es así como lo trasciende las contingencias. Esta concienciación -que supone una toma de contacto, pero también una inminente descarga vomitiva de lo contaminante-, que es puramente abstraída, supone una conjunción de los tres pilares que nuestra mente guardándolos con recelo para el momento del desengaño, alberga. Estos mismos pilares, son los que forman el espíritu intransferiblemente humano; la memoria, el raciocinio, y la imaginación. Y en la medida en que estos se conjugan es que se presentan las muchas y diversas personalidades y entendimientos humanos. La memoria, por su parte, constituye un intento reconciliador con la razón del momento presente con respecto a la acción vivida en el pasado. Esta, siempre implica una retrospectiva melancólica que nos hace ser quienes somos. Ciertamente no estaríamos demasiado desencaminamos si decimos que es nuestra percepción sensible del mundo, la que se ve afectada por la memoria. Con respecto a la razón, quizá sea oportuno señalizar que es esta ultima la que conforma una idea de la realidad en que vivimos y con esta, de la sociedad y de nuestro entorno sociocultural; no así, la realidad de por sí sola, y ciegamente, se tiende a creer que esta ahí y nada la perturba. Todo en el entorno real, es voluble, es nuestro raciocinio entonces el que deriva diversas pero enteras concepciones, a modo de justificación.
Para fundamentar o, más bien, atrevernos a dilucidar ciertas características aproximadas a la imaginación, es claro, tener ciertos conceptos -en el sentido etimológico de la palabra, comúnmente acertado, no tanto por mí en este contexto, pero que no obstante me veo obligado a usar- bien definidos y correctamente delimitados. Pero, de entrada, se me va a permitir omitir temporalmente estas divagaciones acerca de lo que puede ser o no la imaginación.
Comenzaré hablando previamente por el impulso, palabra que ya parece haber quedado sepultada tras líneas y líneas de consideraciones, en la cabecera de este ensayo.
Como he dicho, el carácter, o más bien la condición humana, se encuentra en gran parte determinada por el impulso. Solo este nos descubre al mundo y nos ilumina nuestra propia idea del mundo para el mundo. El impulso que está movido por causalidades meramente humanas, es desconocido hasta el final y por eso mismo es lo más puro, no hay lugar en el para movimientos en falso, cosas banas o artificios, es la consecuencia última del movimiento de nuestro proceder. Forma parte de un movimiento reflexivo que solo se manifiesta como consecuencia. Pero es reflexivo en cualquier caso. Resulta, para escarnio del sistémico, un terreno mucho más virgen, mucho más amplio, que la mera conductividad de la racionalidad.
Comprendiendo el simbolismo que esconden las palabras, estoy acostumbrado a no definir cualquier término, -porque una definición es siempre coercitiva- Por ello mismo no delimitare lo que implica un impulso, sino más bien, comentare lo que no es un impulso.
Este espasmo repelente ante la circunstancia de la que nos concierne la realidad, no es un acto intranquilo, ni mucho menos instintivo, como se tiende a pensar. Solamente es inquietante para evitar la laxitud. Muchas veces el mismo acto creativo alcanza a estos impulsos porque estos son, al mismo tiempo, los que encauzan esta creación. No obstante, cierto es, el impulso pierde mucha razón de ser fuera del acto creativo, y es fuera de este cuando se le atribuyen ciertas formulaciones humanas. Hablemos pues directamente de lo que aquí nos incumbe. El impulso implicado en el alumbramiento artístico.
Son, en definitiva, las percepciones de una realidad las que cuantifican, -cuantifican, pero no determinan-, el movimiento dependiendo de con cuántos y cuáles “objetos” -llamémoslos así temporalmente- se relacione nuestra conciencia. Adquirir la objetividad entonces, en este supuesto, sería (frente a la subjetividad de las muchas percepciones de la realidad), conseguir la más pura estaticidad. Como he objetado, (al principio de la confrontación aforística, entre movimiento e impulso), entonces estos dos estarían correlacionados casi consecuentemente. Pero si la objetividad resulta algo estática, donde dejaría esto de plano al impulso… La cuestión me suscita una sola respuesta. El impulso aquí funciona de un modo único, casi como transistor de etapas. Aquí estriba la consecuencia última si es que, en el movimiento -curso-, de toda una vida, si es que hubiéramos alcanzado la objetividad el impulso sigue siendo necesario.
Pareciera en este punto que aquí se encuentran reminiscencias presocráticas validas en la medida en que estas, al menos en su mayoría, conferían al mundo cierta movilidad. Justo en este punto es donde debemos observar que decir esto es ambiguo, al menos desde un punto de vista clásico. En la medida en que un movimiento adquiere poder de transformación, por supuesto, se vierte el cambio, (de la realidad). No obstante, esto no siempre es así, el movimiento ha de ser centrifugador. Solo así, el cambio se cierne sobre nuestras propias circunstancias, y entonces el mundo, nuestra realidad avanza. Si nos centráramos en otras realidades quizá menos plausibles, alternativas o no tanto, es donde el movimiento se estanca. En estas otras realidades transversales, es donde el impulso cobra su mayor sentido; hablamos aquí del acto creativo.
Lo que confiere en este punto la movilidad al acto creador es el impulso. Este mismo representa algo inductivo, pero algo al mismo tiempo mucho mas sugerente. Resulta ser como una imagen desde un inicio preconcebida, obtusa en su principio pero que se va disipando con el impulso, parte a parte. Esta imagen forma parte de la experiencia inductiva, solo una imagen de este calibre, concebida por ese impulso, diferencia una verdadera obra de arte -un auto de fe-, de una vana ilusión representativa. Lo cual en realidad no dista mucho de ser un mero compuesto de desechos. En realidad, esto solo es un único concepto de una idea, apenas creativa, fatalmente conjugada con una habilidad sensorial que solo opera a tiempo parcial; lo que comúnmente conocemos como tener talento, que ciertamente no implica mucho más.
Por otra parte, no pretendo sugerir que tal concepción de una imagen proponga obrar deliberadamente, como tampoco creo que el impuso sea instintivo. Por ello mismo el impulso solo supone la liberación del ultimo remordimiento, necesario para el acontecer artístico. Siendo así podríamos creer, falsamente, en que esta última y consecuente repulsión también es meditado de por sí. Para ser conciso, lo único que se alberga antes del momento descargador de la energía, es la conciencia de necesitar hacerlo, -término al que ya he aludido con anterioridad precisamente por esta misma necesidad; de ahí su importancia-. Las muchas formas de manifestarse esa toma de concienciación y, por consiguiente, delimitar ciertas fronteras depende de las circunstancias acontecidas todavía más previamente, (algo a lo que hoy no llegare a comentar). Es decir, los hechos circunstanciales, delimitan indirectamente ese momento reconciliador, el momento en el que se concibe una obra. Solo en el momento en que una obra se convierte casi imperceptiblemente en una obra suprema, o lo que es lo mismo, en una verdadera obra de arte se trascienden las contingencias y por tanto los hechos que las comprenden se doblegan ante esta magnificencia que trasciende toda barrera temporal.
Debemos ser conscientes de nuestras penas y nuestros goces y en la medida en que estos exhalan el último aliento. Esto linda con el mundo real. Y es que es en esta justa medida cuando el arte, quebrador en su defecto, intercede por nosotros y ante nuestras propias concepciones de una vida lamentablemente rellenada, y crea alternativas. El arte, como ente omnipotente, puede intervenir de muchas y diversas formas, pero de todas ellas también emerge lo inevitable, un halo indudablemente tragicómico. Pero de esto ya hablaremos en nuestra próxima entrevista por ser algo mucho mas existencial que estético. Si hay algo que no me gustaría seria importunar a mis queridos lectores.

Armolec Mernatiz Friela

 

Sobre la moral y sus derivados…

Sobre la moral y sus derivados…


Prestémonos, aunque solo sea por un segundo, a desenmarañar la surtida red de normas que nos determinan como seres humanos (cívicos, en muchos casos). Estas en su conjunto forman lo que se conoce como moral.

Pero la moral eventualmente resulta ser mucho más que una vorágine de normas… Los códigos morales son los que, en última instancia, dictaminan sentencia sobre nuestros actos, pero también, si este fuera el caso, nos eximen de ciertas responsabilidades. Algo que entra en clara confrontación con el terreno de lo ético. Dos conceptos que siempre tienden a confundirse.

En este aspecto, la escisión del pensamiento cobra un carácter primordial. A mediados del siglo XVII se produce una falla en la concepción ética y moral del mundo, acompañada por otra parte de la archiconocida revolución científica, que posibilita esta separación. Anteriormente a esto, podríamos atrevernos a caracterizar a la realidad de “exclusivamente pragmática”. Desde los clásicos grecolatinos el mundo se nos presentaba como una realidad eficientemente ordenada en la que nada desentonaba. La realidad tangible, es decir, el mundo, no era caótico.  Los hechos coincidían con la realidad.

En Platón lo mas real era ese mundo de las ideas, que hoy erróneamente percibimos como onírico, y aún más allá de esto, lo más idealizadamente real era el bien. Por consiguiente, tal concepción del mundo, propugnaba un orden de fines que las cosas en si mismas realizaban y no a la moderna concepción de causa-efecto, producto del mecanismo de la época. Esta concepción teleológica se prestaba a sacralizar la realidad frente a la idea de dominación de la naturaleza que ya se estaba fraguando en el siglo XVII. (Claro está, por otra parte, que prácticamente todo en la historia y a lo largo de esta ha sido sacralizado; así como se sacralizaba la vida con los ritos de antaño, se han visto culturas plenamente “sacralizadas”; todo en la historia ha sido y será susceptible de ser sacralizado).

La concepción, por parte de la ciencia, de la realidad que solo atañe a lo cuantificable trae consigo esta separación de valores de la que hablábamos, Hechos y valores se separan. Con todo, se producen, una serie de cambios evidentes como la nueva exacerbación del individualismo. El mundo entonces es alumbrado como un mecanismo de relojería en el que lo real no puede ser expresión de ningún valor. De cuya idea, por cierto, han bebido muchas de las eminencias literarias de la época.

Habiendo comprendido previamente la relatividad de nuestra concepcion de realidad y valor, entonces si podríamos atrevernos a agregarle a este último la connotación de moral. Un valor moral, es solo moral si concierne únicamente a una circunstancia propia de la moralidad, y solo algo es moral cuando es concebido por muchos como tal, es decir, cuando esa circunstancia se encuentra dentro del marco sociocultural en el que una persona se desenvuelve, y por lo tanto esa circunstancia es, estrictamente plural. Me explico. Comencemos por desentrañar lo que significa moral en nuestro ya complejo movimiento sociocultural de masas. Moral, viene del latín <<mores>>, costumbre. Partiendo de este concepto bien se podrían deducir ciertas cosas… Si es la moral una costumbre también se podría trasladar al terreno de la norma. La moralidad no se ocupa de descripciones sino de normas, que nos obligan en cierta medida. Estas normas constituyen un estudio de la realidad científico, una intrusión por tanto al terreno de lo puramente normativo y reglado. Una visión objetiva es lo que caracteriza a la moral en última instancia, que se acerca mas al estudio de lo que son las cosas en sí o por si mismas, antes de lo que deberían ser. Pero… Si partimos de la base de que una norma no puede ser tal a menos que no sea reconocida por un grupo que la admita, intuiremos entonces el carácter compartido de la moralidad.

La moral ha de ser necesariamente prescriptiva a modo de petición de principio. Esto mismo nos lleva a comprender los orígenes sociales de la moralidad que se ha ido construyendo históricamente. Así llegamos al primer entresijo de la filosofía ética actual… ¿Si la moral conlleva orígenes sociales, no será por consiguiente cambiante en tanto que una sociedad sea distinta?; ¿Se da la universalidad de ciertos valores morales?; ¿Es posible la existencia de una moralidad sin libre albedrío?; ¿Resulta verdaderamente relevante para el individuo que un valor sea o no moral?; ¿Ha de venir el acto moral de una convicción interna como requisito indispensable?…

No es mi intención ponerme a analizar la fehaciente realidad o no de estas preguntas, porque sus respuestas han de ser de una dimensión equitativa a las ya mencionadas y solo esto podría constituir materia para unas cuantas reflexiones. Por tanto mantendré el texto, por mi comodidad y por la vuestra, lo mas ajeno posible a estas cuestiones…

Volviendo a lo que nos ocupa deberíamos entender ahora que un valor moral no necesariamente es ético y viceversa. En otro orden de circunstancias, analicemos ahora el plano ético. La ética se encuentra atravesada por una reflexión racional, (y genuinamente individual), para los criterios y fundamentos de las normas morales. Tal es asi, que esta representa casi un refugio para nuestras mentes porque estas prácticamente carecen ya de instintos. La ética nos protege de la ausencia de normas como si no tenerlas constituyese la intemperie y es que literalmente la palabra ética deriva del vocablo <<ethous>>, en griego, madriguera. La ética suple en gran medida las carencias de la naturaleza a modo de cultura, porque tener ética implica tener cultura. Así es como la ética nos puede descifrar algo tan enmarañado como los fundamentos sobre nuestros propios juicios morales. Algo ético no es solo algo meramente valorativo sino que, en consecuencia, también tiene que ser descriptivo y he aquí el verdadero valor de la ética que lejos de ser algo únicamente efímero es lo que nos determina como personas porque solo nosotros mismos conocemos los límites de nuestra indulgencia y allí dónde no lleguen los valores morales, circunstancia que, desgraciadamente, se da las más de las veces, si lo hace la ética. De hecho, esta constituye la última barrera intrapersonal que dictamina sentencia sobre nuestras actuaciones.

Ludwig Wittgenstein

La ética es por tanto consecuentemente consciente. Se podría percibir incluso, tal y como hacía Wittgenstein, como una tendencia del espíritu humano que atestigua las opciones humanas del bien y del mal. Por ello mismo la ética no corresponde al concepto de ciencia, la ética no suma positivamente nada, en terreno del conocimiento. Es, de hecho, autodestructiva y no es servil en ninguno de los aspectos.

Armolec Mernatiz Friela

 

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