CAP. 2: Homogeneidad y complacencia, nuestro amargo final hecho presa.

15 de agosto de 2020

Pintores de Letras


La definición siempre es arriesgada, se trata de circunvalar el vacío de la existencia a tiempo que los tambores del primor resuenan de fondo. Que sea arriesgada tampoco nos exime de la imperiosa necesidad de amarla. El ser humano, mas en el tiempo moderno, parece haber aprendido a aprehender la realidad de una forma violenta. Tanto así, que hemos de reanimar al concepto de lo que estudiamos concupiscidos por lo excelso de la definición. No concebimos de otra manera el conocimiento de la rigurosidad, -que percibimos como la única rigurosidad-, la exigencia que es palpable, así como el aterciopelado colchón de la definición tapa los agujeros de la imprecisión.

CAP. 2: NOS ATENEMOS A LO EXPRESO SOBRE EL CONCEPTO DE “CIVILIZACIÓN/CIVILIZADO”

Lo cultural reverdece digamos a lo civilizado. Como esto es así, y no de otra manera, podemos decir que la cultura contiene para si misma a la civilización, y que esta última actúa como sujeto paciente. En lo cultural, el cultivo de lo espiritual rige sobre todo lo demás, y podríamos decir incluso que lo define. Por consiguiente, podríamos entender el campo de lo civilizado -dentro de lo cultural- como la esfera designada por su realidad colectiva. Mientras que lo cultural puede ser hacia dentro, la actividad de la “civilización” solo se expresa hacia fuera. Por tanto, la cultura es todo aquello que en la sociedad coincide como real. No obstante, en este punto, habría que abstenerse de la descripción de lo real según que individuos, o según que colectivos. Como todo termino adecuadamente conceptualizado, lo real podría -para evadir tesituras difíciles de explicar- ser comprendido en términos de grado. La realidad es percibida según con que grados en función del prisma del individuo particular. Este prisma, que hace las veces de índice cuantificador en nuestra critica, es el que a su vez esta determinado por las relaciones sociales, por la historicidad que nos comprende -¿corrompe?-, incluso por el espacio y el tiempo, nuestro sexo, nuestro valor connotativamente cultural, etc. Por ello, esto hace del círculo de lo social, y por decirlo en honor de los humanos, del circulo comunal un campo terriblemente minado, y un pez que se muerde la cola.

¿En qué posición queda entonces la civilización? Si reunimos bajo la idea de “cultura” todos los elementos propios del bagaje histórico de las civilizaciones al aspecto impertérrito de la especie humana, debemos llegar a un estudio profundo, dado que nuestras tecnicidades también son parte de nuestro propio suplemento patrimonial. La confrontación estricta de lo cultural es algo que no debe faltar como descripción “real” de lo que es la cultura. Esto es así porque en esta esfera se forjan cosas tales como la identidad en tanto hay consciencia de con-vivencia en sociedad.

Los parámetros del paradigma actual de vivir han quedado ya tan obsoletos como la gente que los pretende a ultranza. En una sociedad en la que es necesaria una individualidad clásica, casi romántica, se nos dice que seamos estrictamente personales, se nos dice que busquemos nuestro halo de individualidad mediante mensajes arto sediciosos en un soplo de aire si hace falta, pero al mismo tiempo se premia la actuación del conjunto, que reacciona en masa, y premia al colectivo. En un tiempo en que la personalidad esta preconfigurada para la implosión se nos pide que “tomemos asiento”, según nuestro propio criterio.

Es necesario, para combatir esta patraña, dar valor a lo que nos separa, y no excretarlo. Si no existieran las diferencias, ¿qué dialogo de civilizaciones se podría dar? Cuando una cultura -y lo digo en términos contingentemente sociales- se queda sola, se reabastece del vacío mas insondable, y empieza a dar paulatinamente vueltas centrífugas, palidece hasta que, finalmente, acontece su amargo final. Podemos extraer de esta visión que, su final, llegado el momento, es producto de su propia fuerza.

Atengámonos un momento, aunque solo sea a las leyes físicas para demostrado, la fuerza cinética mismamente es medida en función de otros parámetros, en principio al menos, ajenos a si misma. Casi por la misma razón, una cultura -en este caso con la misma idea podríamos hablar de civilización- acusada de hipertrofia es una civilización condenada. Pasando primero por la asfixia del espíritu intransferible de sus integrantes humanos, hasta la opacidad completa de ese mismo conjunto y su inconcluso y apoteósico -por ser apocalíptico- final. ¿Palidecerá, tal y como hemos refutado, finalmente la cultura euro-americana por hablar toda ella como un conjunto homogéneo e intransigente que concuásese a toda la idea Occidental? No lo sabemos, solo es tiempo lo dirá.

Armolec Mernatiz Friela

 

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