Cuentos

A golpes de cincel, mas no cincelando


I. A

Recuerdo cuando aún a golpe de cañón, tu y yo no parábamos de mirarnos. Resultaba algo entre nuestras miradas, solo nosotros lo sabíamos. Decían que solíamos estar enamorados, pero era falso, solo nosotros hallábamos la complicidad entre miradas allí donde los demás solo veían el burdo y grotesco amor de cambalache entre dos figuras. Se tratara de piedra pulida de marfil, o de piedra pulida de oro, tu estabas allí. Mas tarde me mandaron hacer de figura crisoelefantina, bien lo recuerdo. ¿Qué podía hacer? Recuerdo la resignación que sin duda me es propia. Me cambiaron incluso la planta, pero nuestras miradas seguían en intercambio y me deleitaba porque sabía que seguiría siendo yo.

II. B

Lo que del sol se le iba extirpando a la tierra, recuerdo yo haberlo implantado en tu semblante. Ni el dorado de tus crisantemos se me resistía. Solo yo hallaba el amor de tu sonrisa hacia mi proyectada, y no buscaba explicación. Decían que estábamos enamorados, y bien, que hasta yo misma lo creía. Pero recuerdo ese día, en que de un golpe tu hermosura se quebró, solo la planta, aquella maldita permaneció. La planta cuya forma yo hacía maldecir con cada una de mis lágrimas que tu te imaginabas sobre mí para que fueran reales… Esa que en el momento justo se hiciera agua y tu y yo corriéramos a besarnos.

III. C

Siempre supe que os destrozaríais de corruptos por amor. No se debe amar así de intensamente, decían que estabais enamorados, más yo lo sabía, y de verdad. Siempre hacia vosotros dispuesta mi flecha de lagrimas salir. Y nunca haberlo hecho. Que desdichados fueron todos cuantos frente a vuestro tiempo yo derroche. ¡Ja! Y Cupido me llamaban.

IV. A

También recuerdo el ignominioso nombre de aquel quien insistía en tratarnos cual pareja. Nunca se daría cuenta de que para nosotros había algo más profano y virtuoso, la conversación. Y el imbatible gusano allá desde el suelo nos veía, buscando razones para juzgarnos como a simples enamorados. ¡Qué ínsulas de otros seres más fatales! Los humanos.

V. B

Recuerdo aquel, que, en la tarde de sol más dorado, contemplando, buscaba derruir tu cuerpo, pensándolo cansado. Para entonces ya recuerdo el amor que tu novedosa figura emanaba sobre mí, y yo ya era presa de tu nueva estampa. Más tuvieron que venir a derruirte cochinamente y aquel hombre que tarde a tarde, golpe a golpe, vino durante un año, todo lo tenía planeado, en silencio. Aquel día en que por fin llego el final, recuerdo ni mentarlo, solo contemplarte. Comenzaron y acabaron por entre las pantorrillas y las rodillas, y allí es que te cortaron. Te caíste, y tu mirada, como nunca antes lo hubiera hecho, dejó de apoyarse sobre la mía y sentí tu incomunicación. Junto con esta también sentí tus cachos por el suelo ahora esparcidos, en roca de oro luminoso y curioso estaño.

 

Hoy solo me queda que contemplar tu planta cuya forma yo siempre quise maldecir, sabiendo que si hoy se hiciera agua nada me quedaría que besar.

Armolec Mernatiz Friela

 

Comida para pájaros

Comida para pájaros


Hoy, mi ave vuela alto; le he enseñado a cazar. Parece que surca los altos mares, esos que para vosotros quedan inaccesibles a todo entender. Me está mirando y no sé qué quiere, se posa y me observa con cuidado, como si tuviera en sus plumas el miedo de espantarme, pero supiera que con su pico hace una suerte de encanto hacia mí. Ahora busca nuevamente, no desiste, estamos en un baile de lágrimas y, de repente siento que penetra en el aurea de los sueños de cristal de mi cabeza. Se posa nuevamente, ahora me mira y me comprende, pues ha quedado atrapado en mi cerco de los sueños tristes y no sabe salir.

(…)

Miento, han pasado ya dos horas y no solo ha salido, ahora me duele la cabeza y su imagen me es difusa. Cierro los ojos y ya no lo veo, pero ahora escucho sus doradas alas posarse sobre mí y me torturan. Una especie de melancolía se adueña de mí, y siento que es la suya y no la mía propia. Creo que me está mirando y comienzo a flaquear, siento que me doblega. De repente escucho nuevamente el canto, y con el canto, el batir de sus alas que vienen hacia mí, pero se detienen en el justo momento. Me parece que se ha posado sobre el suelo. Empiezo a sentir ya su fragilidad, debería aplastarlo, pero no puedo si quiera levantarme, ya estoy tendido.

Escucho como camina, parece como yo, más pausado en el tiempo de su acción, pero nada más, eso me da fuerzas. De modo que abro los ojos, veo una silueta entrecortadamente recortada a trazos oscuros y bandas de color muy vivo, pero no alcanzo a definir muy bien la materia que lo contiene. Sacudo la cabeza y ya lo contemplo claro, pero eso le espanta. Se ha subido a un árbol. Decido acercarme al árbol tan deprisa como pueda.

(…)

Desde mi posición no le veo, debería alzarme, pero no me atrevo. Llevo esperando demasiado tiempo. Mucho llevo oyendo ya su mente en mi cabeza jugueteando para soportar la insolencia que contiene su sola presencia. Ahora me está hablando desde el árbol y puedo adivinar que es; pero empiezo, al mismo tiempo, a advertir su pureza y siento vergüenza de mi mismo. No quiero que conozca mis pasos, pero necesito la guía de sus ojos, mas hábiles que los míos. Me dice que me quede, que promete protección y deseos varios para mi estancia en su perímetro. Se me ocurre gritar de contrariedad, una sonora negativa emerge de lo mas profundo de mi corazón. Parece que se ha bajado del árbol, le ha gustado mi decisión. Ahora me comenta que parezco más débil.

Me cansan sus decisiones, de modo que extiendo mis alas y echo a volar con él. Parece sorprendido y mis plumas de amalgamas grises le seducen, no estaba segura.

Armolec Mernatiz Friela

 

No demasiado dulce


Acostumbraba a copar su tarrina de azúcar con unos cuantos polvos aglutinantes para evitar el apelmazamiento del conjunto. Decía que el azúcar, como la canela, debía distribuirse de la adecuada forma para luego asegurar una igual disolución. Por su parte la canela aseguraba digamos, otro tipo de sabor, que para nada era el mismo. Así pues, para cuando esta se levantó, agarro con tal fervor la tarrina de azúcar, que los ojos se le desorbitaron de una forma arto extraña en ella. Chorretones de sudor brotaban de su frente entonces. Se agitó y empezó a buscar enseguida la razón que justificara una ausencia tal; aquellos polvos situados en la primerísima capa del azúcar, pues eran de distinta consistencia que este, estaban desaparecidos. Destapó el recipiente casi instintivamente y derramo su contenido en una de las mesas camillas del pasillo que conducía a la cocina. Para su sorpresa comprobó que el azúcar se dispersaba, tal y como lo hacia con su compuesto habitual.

Se sorprendió sobremanera, sencillamente no concebía que este pudiera actuar de igual forma en distinto estado… Es un hecho que toda acción comporta una reacción igual y opuesta, -decía-. Revolvía en el contenido azucarado con ambos dedos anulares como buscando algo, pero sin encontrarlo. Desistió finalmente; definitivamente el compuesto iba a actuar, por lo menos por esta vez, de igual forma a la habitual y además se juró a si misma no volver a permitir este tonto juego que ni entendía; parecía estar propugnado un dogmático e ignominioso sortilegio sobre su ya consagrado ritual, o al menos así lo sentía ella. Fue seguidamente a la cocina, de techo arquitrabado y con una evidente mala salida de humos. Se dispuso para retirar la olla que calentaba la leche hasta su grado exacto.

Repentinamente sintió un agudo pinchazo en la cavidad torácica, que interpreto por la adecuada reprimenda que le tocaba aguantar igual a su falta de juicio. Se quedo medio agazapada en medio del importante trámite de la leche hirviendo que no llego a retirar del fuego. Estaba subyugada por el dolor, pero no importaba debía terminar su rito de una u otra forma. Ya la leche comenzaba a burbujear y esta escuchaba pasivamente las pompas revolverse sin mucho más que poder hacer, tirada en el suelo. Asistió con rabia también la repentina situación, se estiro cuanto pudo desde el suelo para alcanzar la olla y desplazarla del fuego, de lo contrario la leche alcanzaría una temperatura por encima de lo que ella consideraba optima, y con ella, le sobrevendrían los problemas. El sonido de las burbujas parecía ir en crecento y nada podía hacer, apenas alcanzaba con el brazo estirado la encimera de mármol blanco que emergía muy por encima de sus expectativas, y de haberse levantado no se que hubiera sido de ella.

La leche tibia, a expensas de toda consideración ajena, resultaba la mejor mezcolanza que se podría buscar para un sabor supremo. Con tal temperatura exacta, y con el adecuado (y sin apelmazar) azúcar, junto con un café de mezcla de importación brasileña, se alcanzaba el sumun de la creación, y la espléndida y rica amalgama de sabores en su grado máximo manifiesto. No pudo mas que contraer la barriga de la mas triste forma, pero con esto se impulsó del suelo y, alzando los brazos, desplazo la cafetera a penas unos centímetros. Respiró aliviada, la leche estaba a salvo.

Armolec Mernatiz Friela

 

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